“Mucho más que un Desafío” by Carmen Miau

Triatlón,  etimológicamente, significa “tres batallas”. Pero no, son muchas más. En cada línea de salida se dan cita historias de superación, de imposibles, de cosas que nadie se imagina pero que todos intuimos en los demás.  Al Desafío Doñana yo también llegué con todas mis batallas perdidas, mis naves y puentes quemados.

Era la primera vez que hacía un triatlón empezando por la bici, con ese frío que te hace sentir viva, esa inquietud de todos los retos para los que no estás preparado. Pelotón neutralizado: nueva experiencia, y poco a poco el cielo empieza a clarear y amanece mientras gente que empieza a trabajar en el campo nos anima, nos saluda. Pensarán “qué locos” o “qué valientes”.

Intenté arrimarme a algún pelotón, pero no pude ni con el mes que llevaba sin entrenar, ni con las lesiones acumuladas ni con el resfriado que no me dejaba respirar, y en seguida se me disparaban las pulsaciones. Algo que me encanta de este deporte son esas personas que te adelantan y te van diciendo “intenta pegarte a nosotros, ponte a rueda”. Intenté recordar los dorsales de cada uno para darles luego las gracias, pero fueron tantos que al final no recuerdo los números ni los nombres, sólo las sonrisas.

Me quedé sola y llegué sola, después de un segmento de bici donde encontré a los conductores más amables, los niños más entusiastas, los guardias civiles más entregados. Desorientada, mareada, con temblores en todo el cuerpo, vi antes a Tolo que la transición, y sé que me hablaba, que me decía que podía parar. Yo estaba al borde de las lágrimas, no podía respirar. Pero siempre que corro voy inventando historias, y esta vez se me había metido en la cabeza que si era capaz de nadar, atravesar el río y alcanzar la otra orilla, habría llegado a una tierra donde no existen las lágrimas; y todos mis fantasmas, mis miedos, todo lo que deja cicatrices se disolvería en el agua. Sé que es una rareza, pero a mí me sirve desde siempre y, bueno, en Doñana también me sirvió.

Había decidido ir sin neopreno, y sabía que si el agua estaba fría y me daba el broncoespasmo, se acabaría el desafío.  Además, yo no era capaz de ver el otro lado, recuerdo que le preguntaba a Tolo “¿pero hasta dónde tengo que llegar?”.  El agua estaba a la temperatura perfecta para nadar, la corriente era manejable y llegué a boxes sin desviarme apenas.  En cada transición había unas personas magníficas, voluntarios que te guiaban, te llevaban al vestuario, te indicaban el camino. Así que llegué a unos boxes donde podía lavarme los pies y recuperarme un poco.

Salí a correr pensando que ya había llegado, y convencida de que en cualquier momento aparecería Tolo. Tenía las manos y los pies tan hinchados que el dolor era insoportable. Me aflojé los cordones pero no. Supe que así no iba a acabar la carrera, así que lo pensé, valoré los riesgos y ganó la opción menos probable. Así que me quité las zapatillas y le pedí a un grupo de gente que las llevaran a meta. Y empecé a correr descalza, pensando en Iván Tejero y en eso que me pide siempre: “siente la carrera, vívela, hazla tuya”. Así que los kilómetros de arena pasaban sintiendo las texturas de la arena, el calor en la planta de los pies, la espuma y hasta las nubes. Me quité las gafas de sol, porque hay unos colores que sólo existen a ese lado de la realidad, unos cielos que ya irán siempre conmigo, aves del Parque Natural que habían dejado sus huellas antes de las mías. La noche antes, tras el briefing, estuve recogiendo conchas en la playa de Sanlúcar, y encontré unas flechas que llevaban a un corazón dibujado en la arena, y esas flechas eran las que yo iba siguiendo. Mi meta, más allá de todo, estaba en ese corazón dibujado con los dedos en la arena mojada, y en todas las promesas que caben dentro.

Pensaba en mi entrenador, en los malos ratos que le he dado con las lesiones y las locuras, y en la confianza que ha puesto siempre en mí. En el mensaje que me había mandado la noche antes, diciéndome que sus piernas iban a estar tirando de mí. Pensé en mi fisioterapeuta, en el hueco que tengo siempre en esa camilla y en lo mucho que he gritado en ella. En Frida Kahlo gritando que no necesito pies porque ya tengo alas, y en Rocky diciéndome que los sueños

tienen un precio. Hasta en mi jefa, que por una vez había sido simpática y me había dejado irme el viernes para llegar a tiempo. Pero sobre todo, y por supuesto, pensaba en la otra mitad de este equipo. Porque ya nunca voy sola, no me pierdo buscando las carreras y no tengo que inventarme a alguien a quien me gustaría encontrar en meta; porque Tolo también está, se acuerda siempre de que tengo que llevar cosas importantes, me ayuda a prepararlo todo y cree en mí. Y si hay algo que te da fuerzas es la confianza, así que yo continuaba, y la única cámara que tenía disponible para recordarlo todo eran los latidos de mi corazón atrapando en instantáneas la arena llena de conchitas, los corredores que me animaban, los voluntarios que me gritaban que no iban a dejarme sola, que se acercaban con agua, con alegría, con ánimos…

Encontré de vuelta a Alberto, compañero de los 3Training Series de Ciro Tobar, me chocó la mano y me recargó de nuevo. Tengo todas esas sonrisas ya para siempre guardadas.

Llegué al km 15, mitad de la carrera, ya sólo había que volver. Y en meta me estaba el premio de mi vida, y las flechas seguían apuntando hacia allí. Y ya he dicho que yo estaba en una tierra donde ya no había lastre, y en todos los lugares mágicos hay un guía que te lleva a través de los obstáculos y te acompaña hacia el final feliz. Así que de repente había a mi lado alguien que corría, animándome, y me traía un mensaje. Como el fauno de Narnia o el conejo blanco de Alicia, él me recordaba “eres lo que crees que eres”. Así pasaban los kilómetros, con todos esos voluntarios que llevaban más horas que ninguno de nosotros manteniendo la ilusión y ayudando a que los demás cumpliéramos nuestro sueño. Yo pensaba que quien corría a mi lado sería un voluntario y me dijo que no, que era el director de la carrera a pie. Vaya nivel… Porque los que hacen que te enamores de una prueba y quieras hacerla cada año, por mucho que duela, y que quieras mejorar y superarte, son las personas. Y en Doñana las personas, todas, demostraron una calidad humana, una capacidad de empatía y de amor que nunca voy a ser capaz de agradecer del todo.

Yo tenía tantas ganas de ver a Tolo, pensaba con tanta fuerza en él, en las flechas, la brújula y el ancla, en todo lo que me ha conducido hasta él en la vida, por mucho que doliera (y que sólo por eso ha merecido la pena) que de repente pensé que veía espejismos. Pero mi guía también lo veía. Sí, sí, mi novio venía corriendo hacia nosotros. Por supuesto que lloré. Porque no estaba sola, porque había muchísima gente empujando, en cada mesa de avituallamiento, desde los autobuses, desde la  ambulancia y hasta el fotógrafo, todos me empujaban y yo estaba superando aquel día muchas cosas. Por fin. Porque este deporte, al final, es una catarsis y cada meta te enseña dónde no están tus límites. Crucé la meta sola, porque todo ese equipo me esperaría al otro lado, pero venían conmigo, y allí estaban los organizadores, las sirenas de todas las ambulancias, mis pies reventados  y esa felicidad que hace que se corte la respiración y llores. Todo ese calor, los besos que me dieron junto a la medalla, la silla tras la meta, los abrazos, los mimos mientras me curaban los pies… Todo eso nadie me lo puede robar ya.

Me ha llevado días escribir esta crónica porque cada vez que recuerdo los momentos que forman la historia, vuelvo a sentir con toda intensidad las emociones, los abrazos, el tintineo de las sonrisas como campanillas de cobre. La magia.

Foto1

2 Comments

  • Invictor Posted septiembre 27, 2014 17:51

    ole esa Carmela¡¡¡
    Corriendo escarza por el Parque Doñana.
    A pesar de todo, ¿no es una puta pasada correr alli?

  • Miau Posted septiembre 29, 2014 13:55

    Fue increíble todo lo que viví, tanto que sigo digiriendo algunas cosas; este tri me ha afectado muchísimo. Siempre te estaré agradecida por colgar el anuncio invitando a la aventura. El mundo es de los audaces, y yo voy a conquistar mi parcelita. La carrera a pie fue preciosa, por los colores del cielo, de la arena, los pájaros, las dunas… Hay que repetir.

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