Vitoria: Pasión por el triatlón, sueños cumplidos.

Ha llegado la hora de echar cuentas, y el balance es positivo.
Me fui con mucho miedo: el último triatlón lo acabé en una ambulancia, y las pruebas del neumólogo fueron deprimentes. Vitoria era un sueño demasiado grande como para permitir que saliera mal. Sólo que el concepto “salir mal” ya no era hacer un mal tiempo: si me duelen las piernas puedo seguir corriendo, si trago agua puedo seguir nadando, pero si no puedo respirar… Si volvía a encontrarme con el broncoespasmo, si había un tercer episodio, sabía que podían terminar muchas cosas. Así que este reto se había convertido en algo mucho más abismal, por llamarlo de algún modo. Tengo una maraña de sentimientos y emociones, y así es como va a salirme la crónica, os pido disculpas ya.

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A mi familia del 101: Gracias.  Me habéis acompañado en cada brazada, en cada golpe de riñón y en cada zancada.  Pepe, gracias por recordarme los madrugones que me he pegado este año, todas las fiestas que me he perdido, las quemaduras del sol, las sobrecargas musculares (que tú has mantenido a raya).  Gracias por tus consejos de última hora, porque tú eres mi hermano mayor del tri.

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Sábado: creíamos que sería un día tranquilo, pero no: reunión, transiciones, buscar pintxos sin gluten (lo que me llevó a realizar una cata exhaustiva de tortillas rellenas), reparaciones de última hora, farmacia, preparar bolsas  y venga, que yo a las ocho quiero estar en la cama. Mis ganas. Por suerte a Vitoria venía Chiqui, y es el menos flipatleta de todos los triatletas que conozco, así que pasamos el día con él y comemos en un sitio donde ponen pasta sin gluten y además te tratan muy pero que muy bien (I Dolomiti).  La tendinitis del bíceps femoral me estaba echando fuego, creo que por la postura del viaje; aunque ir durmiendo con los pies en el cristal de la furgoneta no parece muy incómodo, y puede que fueran los nervios y punto.

4.45h de un domingo 13, y el triatlón no es sólo mío: Tolo se despierta conmigo. Intento comer y no me entra nada. Todos sabemos lo peligroso que es eso. Preparo la isotónica y me llevo una barrita. Tampoco entra. Casi una hora de autopista de noche, bajo unas estrellas que brillan casi tanto como los ojos soñolientos de Tolo, que ha tenido que aguantar mis nervios, mi miedo, mis manías. Llegamos a Vitoria y me subo al primer autobús que va al pantano. Leo mil veces los mensajes de la Marea, no sabéis la sorpresa que fue despertar y ver que Salva se había acordado.

6.00h Pantano de Landa. Frío que traspasa los huesos, bicicletas empapadas, una niebla que no deja ver las boyas.  Por allí andan ya los amigos, yo intento no pensar, me pongo el neopreno y pruebo el agua. Me encuentro a Ciro Tobar, que me tranquiliza un poco, me arregla el neopreno, que lo llevo mal abrochado, y es la sensación de cuando un padre te plancha la solapa del vestido para que vayas guapa a tu fiesta de graduación.

Hay un momento que no quiero olvidar jamás en la vida: cada triatleta estaba delante de su bici, aguardando su salida correspondiente, y charlábamos inquietos. Llamaron a las chicas, nos tocaba salir. Y entonces más de 1700 triatletas se giraron hacia nosotras, sonriendo, silbando, aplaudiendo  y deseando que cumpliéramos nuestro sueño. Haciendo que te sientas especial, fuerte, invencible, poderosa e inmortal.

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8.20h Empieza el agua y empieza una pesadilla: desde la orilla hay unas algas que se me enredan en las piernas. Pienso que ya se desprenderán, pero no son las algas a las que estoy acostumbrada en el mar, parecen ramas y noto que me arrastran. Tengo que detenerme y desenredarme. Me organizo por metas y cada boya es una meta, hasta que llego a la transición. Y veo a Tolo, que casi no me ve a mí. He tragado agua, tengo mucho frío y estoy mareada, me han dado tortas de todos los colores los chicos que venían por detrás. Me equivoco de pasillo y tardo en encontrar mi bolsa.

Decidí no llevar ni reloj ni pulsómetro ni nada, porque sólo quería vivir sensaciones nuevas, cumplir mi sueño y disfrutar. Es lo que siempre me pide mi entrenador, Iván Tejero: cada vez que hablamos me pide lo mismo: siente, vive, disfruta. Y vaya si disfruté en mi bici nueva. Nada de cabra, lo mío es un caballo salvaje y yo era una valkiria. Si hay algo que nunca van a poder quitarme es la sonrisa con la que hice los 94,5 km de ciclismo. Cielo azul, bosques de cuento. Y magia, pura magia para recordarme que Ana Scherman estaba allí, entre mis geles: de repente se cruzó ante mí una ardilla, como aquella que encontramos entrenando por los Montes de Málaga.

Intenté obligarme a comer: geles, barrita, isotónica… No me estaba sentando bien, y acabé vomitando (sin bajarme de la bici, eh) así que decidí tomar agua sin descanso y las pastillas de sales. Si me apajaraba, pues bueno.

Otro gran momento:  durante los últimos km hasta Vitoria Tolo me acompañó con su bici, dándome todos los mensajes que le habían ido llegando, y creo que esos mensajes y esa sonrisa que tiene fueron mis geles.

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Cuando llegué a la ciudad y vi el arco de la T2 solté un grito de guerrera feliz y lobo sediento de sangre: vamos a comernos la carrera. Un voluntario recoge tu bici y además te da ánimos, y tú llegas como Chiquito de la Calzada a buscar tu bolsa. Pero no, no hace falta: un voluntario te pone una silla y te busca la bolsa, te saca las zapatillas y te pregunta si quieres algo más.

Vamos a correr. Jeje, sí, vamos a correr. Poco a poco. Pero el público está tan entregado que es imposible acordarte de que esto es duro. Así que corro, aunque tengo que recapacitar y controlar la emoción, porque noto cómo acecha el fantasma del asma. Tranquila. Infinita, la media maratón fue infinita. Aquel parque no se terminaba nunca. Recta para arriba, recta para abajo. Me daba cuenta de que correr, no corría. Era como un dibujito animado de esos que se mueven pero no avanzan. Y la verdad es que tampoco me importaba demasiado, por muy despacio que fuera, los kilómetros iban bajando y además, estaba cumpliendo todos mis deseos, estaba viviendo mi sueño; y nunca te importa que los sueños duren más de lo que tenías planeado.

Sí, sí, claro que sufrí. Tenía los pies hinchados y dormidos, tuve que parar a estirar gemelos y los abductores me quemaban. Empezó a dolerme mucho la espalda, y el problema es que para poder respirar necesito llevar una buena postura, así que si me encorvaba, me ahogaba (y además, una no puede permitirse salir encorvada, que luego te etiquetan en miles de fotos: cara de sufrimiento sí, pero el postureo hay que cuidarlo).

Yo pensaba que una prueba tan larga me daría para pensar mucho (teniendo en cuenta que en la vida cotidiana destaco por pensar demasiado), y sin embargo sólo pensaba que soy feliz, que en meta me esperaba justo la persona que quería que estuviera allí, y habría nuevos retos, nuevas sensaciones. Claro que sufrí, la carrera me estaba desgastando, y yo iba sin comer. Si empezaba a venirme abajo, pensaba “Eh, eh, que yo soy cientounera;  cuidadito que este año estoy muy fuerte, me queda la última parte del tri y terminamos, así que venga, cientounera, la recta y enderezas”. Luego llegaba por fin al centro de la ciudad y ahí se te quitaban todos los dolores:  si hay un deporte que te enamora, que te emociona, que te une no sólo a los que animan sino que te vincula ya para siempre a todos los demás deportistas, ese es el triatlón. Porque cada uno tiene su propio desafío personal: estaba allí Luis Serrano poniéndole las cosas claras a la Esclerosis Múltiple, Alberto y su rodilla, los que se demostraban a sí mismos que todos podemos, y estaba yo. Y todos nos animábamos, nos gritábamos si teníamos fuerzas, sonreíamos si no daba ya para más. Un chico se paró, y yo le cogí por la espalda y le dije “Hemos llegado hasta aquí, ahora ya no se puede abandonar, esto lo terminamos”. Creo que lo mismo le asusté. Allí estaba yo, no tenía la sensación de estar terminando porque los kilómetros eran muy largos, pero daba igual. Sonriendo, feliz, sintiendo todo muy cerca de la piel.

Siempre he pensado que los cambios ocurren poco a poco, pero esta vez no: esta vez es verdad que me sentía una persona diferente, nueva y mejor. Sentí, mientras corría, cómo se iban cayendo tras de mí todo lo que había ido dejando cicatrices. Soy un poco más metafísica de la cuenta, lo sé. Pero es que si algo he aprendido es que los errores, las caídas, las recaídas, las lesiones, los errores y los callejones sin salida no son pasos atrás: son pasos, y todos los pasos nos llevan siempre hacia adelante; si sabemos mantener la esperanza, la fe, la confianza y la vista puesta en nuestros sueños. La vida es una calle de sentido único.

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El pasillo de meta era de color azul, y recuerdo que le lancé un beso a Tolo, y entré llorando como una niña. Un voluntario me dijo “tranquila, lo has conseguido, eres una campeona. No te agaches, que yo te quito el chip”. Ahí me quedé sin respiración. Tolo me abrazó, y no recuerdo si me dijo algo, no recuerdo escuchar nada aparte de mi propio corazón desbocado, creciendo, llevando oxígeno y polvo de hadas a cada célula, mi corazón de finisher transformándose, la versión 2.0 de un corazón más vivo, más azul, más grande y mejor. Que nunca será de hierro, lo sabemos. Recuerdo la luz perfecta, destellando, y la plaza de España, y las sonrisas de todos mis compañeros, la sonrisa de complicidad de todos los que ya llevaban su camiseta verde de ganador. Y el subidón inmediato, las ganas de repetir, saltar, animar al resto de participantes, quedarme sin voz… Menos mal que estaba allí Tolo para recordarme que no había comido, que aunque no lo supiera estaba cansada, que tenía que aflojar un poco y recuperarme, y dejarme mimar. Porque  yo sólo pensaba en recordar para siempre ese 13 de julio, esa fiesta. Pasión, sí señores, en Vitoria el lema se lo toman muy en serio y además se encargan de que lo disfrutes.  Me senté a ver llegar a mis compañeros de pasión, y como no puedo comer nada de lo que ponen en meta, decidí que quería un yogur helado tamaño valkiria. Tolo me enseñó los mensajes que habían ido mandando los amigos, y seguí llorando, como si las lágrimas, el sudor, el agua del pantano y todo lo que hay de puro y de bueno dentro de mí estuviera saliendo, por fin, a la superficie, limpiando todas mis heridas.

Ya he escrito un email a la organización agradeciendo todo su cariño, la información para triatletas celíacos, el verdadero amor con el que nos trataron, pero lo repito aquí.

Seguimos adelante, ya hay nuevos retos, nuevos desafíos, hay que seguir creciendo y mejorando; vine a Vitoria buscando la mejor versión de mí misma y hoy veo por delante un camino que no quiero perderme.

Tendría que escribir otra crónica sólo para dar las gracias a esas personas que han confiado más en mí de lo que he hecho yo misma; esos amigos que veían algo que brilla donde yo sólo he visto, hasta ahora, una muñeca rota. Y permitidme un momento de vanidad, porque sí, aquí hay algo que brilla y vamos a pulirlo, vamos a hacer que reluzca.

Gracias a Iván Tejero, porque aceptó el reto. Por la confianza, la motivación, la paciencia, y otra vez la confianza. Porque ha sido el carburante, el ejemplo, la luz de guía y la inspiración.

Gracias a la Marea Naranja, sobre todo a la sección de los desafíos extra deportivos, la de los cafés en la playa y los paseos; los entrenamientos cruzados, ya sabéis. Al 101 y al 102 porque son una familia. Para Pepe Rodríguez Marqués me quedo sin palabras (te voy a espachurrar, y vengo muy fuerte).

Gracias a Yasir y Clara (y su bambina), porque me dieron una casa y una familia cuando yo era sólo un gato abandonado, porque cuando me llevaba la ambulancia sólo me tranquilizaba tener su mano apretando la mía, porque si alguien me ha hecho sentir querida y en casa han sido ellos, por las mejores Navidades de mi vida. Gracias a mis amigas, las que no hacen deporte pero apoyan todas mis locuras y sé que están orgullosas de mí, porque son las mejores: porque me perdonan que entrenar esté antes de casi todo, porque me quieren como soy, porque son las mejores amigas del mundo y saben mucho sobre la pasión por los sueños. Y porque si tengo amigos como estos, tiene que ser porque yo también soy muy buena. Isa y Julia, gracias por abrirnos vuestras casas de camino a Vitoria.

Gracias a Málaga Sport y la 24 Media Maratón de Málaga, porque ya me habían dicho que el amor lo iba a encontrar haciendo deporte, y allí estaba Tolo, y allí empezó la carrera más importante de mi vida, la que corro sin dorsal y es un ultra fondo de los buenos.

Gracias, Papá. Por todo. Todísimo.

Tolo, no sé si darte las gracias o pedirte perdón. Por atravesar España, por hacer tuyo mi sueño, por respetar mi silencio pre competición y aguantar mis cambios de humor, mis manías, mis rarezas (que ya son raras sin nervios por medio). Por pedir también pasta sin gluten por si yo quiero probar tu comida. Por hacerlo todo mejor, más fácil. Por ser mi compañero de equipo y dejarme crecer, por domesticarme sin convertirme en un bonsái.

Señores, queda mucho rock’n’roll.

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